¿Cuándo apareció el lenguaje? ¿De una sola lengua surgieron todas las demás? ¿Quienes hablaron primero, los hombres erectos, o los hombres pensantes? ¿Cuál fue su primera palabra? ¿Dios? ¿Madre? ¿Agua? ¿Fuego?
Es imposible saber cómo, cuándo, dónde o quienes desarrollaron el habla por primera vez en nuestro planeta pero, si tomamos en cuenta la evolución del cerebro humano, entonces tenemos una primera, aunque inexacta, pista antropológica.
Cuentan que hace unos cuatrocientos mil años, los austrolopitecus ya podrían haber generado algo parecido al habla, y que ello detonó el pivote evolutivo que dio lugar a dos áreas cerebrales desarrolladas en el homo eréctus: la relacionada con la producción de sonidos significantes, y la que posibilita la comprensión de esos sonidos.
¿Cuántos miles de años transcurrieron para que el homo sapiens nombrara a su entorno? Algunos dicen que el lenguaje aparece hace unos cincuenta mil años, en África, tras una severa glaciación; otros afirman que sucedió antes, hace unos cien mil años, cuando comenzó a sonar un protolenguaje: palabras sin conectores que evolucionarían hasta dar forma a los más antiguos lenguajes conocidos por la humanidad.
¿Todos los idiomas tienen un mismo origen?
Bueno en ello tampoco se ponen de acuerdo los científicos. Algunos aseguran que sí, los más explican que no. Es decir, que sucedió más o menos de la misma forma, pero en diferentes lugares del planeta. Por eso es que, cuando se indaga a profundidad en la geografía de un idioma, pueden recorrerse continentes enteros hasta encontrar la ruta que esos hombres y mujeres siguieron hasta establecerse y sumar nuevas voces a su habla. ¿Se imaginan?
Creo que al final no importa cuando sucedió, lo que sabemos bien es que los humanos todos, en todas partes del planeta, al caer la noche se reunían en torno a una hoguera y que, ahí, la palabra sonó, bailó, cantó y contó todas las historias necesarias para que los humanos imaginaran, entre esas “lenguas de fuego”, todo lo nombrado. Palabras que era preciso recordar para aprender, para honrar, para soñar y volver a repetir.
De la oralidad a la palabra escrita
¿Cuántos miles de años pasaron para que el habla migrara de la oralidad a la palabra escrita? La escritura más antigua que conocemos data de 4 mil años antes de Jesucristo. Y desde la escritura ideográfica y cuneiforme en Mesopotamia, hasta la fecha, han pasado poco más de seis milenios.
Hoy yo comunico una idea a través de mi lengua madre y, como tal, esa lengua define el paso de mis ancestros por este mundo. Soy las palabras que digo, las que escribo y las que aprendo. Soy, igual que tú, la muestra viva de cómo el idioma es también un ente vivo, dinámico, cambiante.

Mapa mundi
¿Te interesa descubrir cuál es la ruta que trazan en el mapa los idiomas?
Imaginemos a los seres humanos de hace seis mil años, esos que buscan un mejor lugar para vivir, esos que huyen de la guerra, y también a esos otros que conquistan territorios. Imagina a esos cientos de familias en busca de agua, de seguridad, y también a aquellos que saquean poblados en busca de comida. Cada uno de ellos lleva consigo ya, una lengua. Y así, como semillas, van lanzando palabras y, a un tiempo, alimentan su propio lenguaje con palabras nuevas.
Hoy se sabe que el español castellano tiene su origen en las lenguas indoeuropeas, las cuales generaron a su vez diferentes ramas de migrantes.
Juguemos. Imagina un mapa y traza con él la siguiente ruta: del Celta se derivan el Continental y el Galo; el Insular derivó en Irlandés y en Escocés, así como del Britónico surgieron el Bretón, el Galés y el Córnico.
Si nos movemos al centro de Europa tenemos que del Germánico surgieron un montón de idiomas más, como el Gótico, el Danés, el Sueco, el Escandinavo, el Noruego, el Islandés, el Flamenco, el Yiddish y el Alemán; también el Neerlandés y el Afrikaans; lo mismo que el Anglo-Frision.
Si nos colocamos al norte nos encontramos con el Baltoeslavo que dio origen el Báltico y de éste surgieron el Letón, el Lituano y el Prusiano antiguo. Y del Eslavo, por ejemplo, surgieron el Ruso, el Bielorruso, el Ucraniano, Esloveno, Servicroata, Búlgaro, Macedonio, Checo, Polaco, Eslovaco y Polabio.
Viajemos ahora al medio oriente. Del Indoiranio se derivaron el Oseto, el Pashto, el Persa, el Kurdo, el Avéstico. Y del Indoario aparecieron el Sánscrito, el Bengalí, el Indi y el Márata. En esa misma zona, apareció el Anatolio y de ahí surgieron el Hitita, el Luvita y el Lidio.
Hay idiomas que hoy aún reconocemos, aunque sea por nombre, pero hay muchos otros que desaparecieron o simplemente se transformaron en otro. Algunos idiomas de origen indoeuropeo, como el Armenio, el Albanés, el Griego y el Tokario, son algunos de los más antiguos del planeta.
¿Babel ante nuestros ojos y en nuestros oídos? Sí, el mundo es ancho y extraordinario.
Pero… ¿y el español?
El Español tiene su origen en el itálico, del que se desprenden el latín, el rumano, el gallego, el portugués, el catalán, el francés, el provenzal y, por supuesto, el italiano.
La nuestra es una lengua romance derivada, en primera instancia, del latín; aderezada por las lenguas ibéricas, como el castellano, el leonés y el aragonés. Se alimenta del griego, así como de la extraordinaria contribución del árabe.
La historia de nuestra lengua madre es, pues, fascinante. Hermana del italiano, del portugués, del francés, del rumano, el gallego y el catalán. Fueron los Reyes Católicos de Castilla y Aragón quienes unificaron al reino con una lengua oficial: el español de castilla, o castellano.
¿Cuál es la expresión correcta? ¿Hablamos español o castellano? Ambos nombres son válidos para referirse al idioma que se habla tanto en España como en el resto de Nuestra América, que a su vez sumó al idioma, miles de vocablos provenientes de las lenguas indígenas.
Las lenguas de los pueblos originarios de México
En México, por ejemplo, aún existen sesenta y ocho lenguas indígenas que le dan, a cada región, un alma que suena distinto; que sabe y camina diferente; que nombra el mundo con un aliento singular.
Juguemos. Imagina ahora el mapa de nuestro país y, mientras lees los nombre de algunas de nuestras lenguas, recorre los valles, las sierras, desiertos, bosques y selvas de nuestro vasto territorio: amuzgo, ch’ol, chatino, chinanteco, chiricahua, chontal, cora, cucapá, cuicateco, huasteco, huave, huichol, ixil, jonaz, kaqchikel, kikapú, kiliwa, lacandón, mam, maya, mayo, mazahua, mazateco, mixe, mixteco, nahua, otomí, paipai, pame, popoloca, purépecha, quiché, seri, tarahumara, teco, tepehuano, tlapaneco, tojolabal, totonaco, triqui, tzeltal, tzotzil, yaqui, zapoteca, zoque…
Si no lograste recorrer el país con cada palabra, quizá sea tiempo de mirar un poco más lejos, ahí donde el idioma es origen, raíz, cultura, identidad.
Código postal
En nuestro acento se nota nuestro código postal y, con él, el clima que templa nuestro andar. Somos norteños, sureños, serranos o costeños, y eso se nota. Se deriva en nuestras referencias, en nuestros campos semánticos, en nuestra voz narrativa.
Yo, por ejemplo, nací en la Ciudad de México, pero no tengo ni que decirlo porque se nota en el ritmo y el tono de mi voz autoral. Hace casi veinticinco años que vivo en Cancún, en la península de Yucatán y, aunque yo no lo noto, quienes me conocen afirman que mi habla hoy es yucateca. Y sí, he sumado a mi forma de nombrar el mundo, expresiones en maya, como antes sumé del nahua y el otomí, las lenguas de mis ancestros.
Quienes escribimos, usamos la palabra como materia prima. La mía sabe, huele, vibra, se siente en mexicano. ¿Y la tuya?